Alumnas de Historia de la FFHA, investigan las Relaciones Interamericanas de 1810 a 1830.

Novedades 21 de mayo de 2020 Por SEU FFHA
Influencias Independentistas
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Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes UNSJ

“Las relaciones entre la América Inglesa e Hispanoamérica desde 1810 hasta 1830: de la sumisión española a la sumisión norteamericana”

Alumnas integrantes de Proyecto: Almarcha Perez Martha Ayelén y Peñaloza María Alejandra

Resumen de Investigación:

   La relación entre los Estados Unidos y los países Latinoamericanos estuvo siempre marcada por los intereses ambiguos de la región del Norte, al mismo tiempo que la política y la economía del Sur de América ha tratado de orientarse a dichos intereses. Ante esta problemática, este trabajo propone el análisis de los orígenes de esta relación remontándonos al siglo XIX, desde 1810 hasta 1830, para entender la imagen que se tuvo en la América Inglesa sobre Hispanoamérica.

  De esta manera, abordaremos el análisis de las relaciones que se establecieron entre la América Inglesa e Hispanoamérica, durante el proceso de emancipación de los pueblos americanos sobre el dominio español, teniendo en cuenta un contexto espacio – temporal determinado por la reciente independencia de los Estados Unidos y las tendencias ideológicas de la época, surgidas en Europa y transmitidas posteriormente a nuestro continente.

  Se tendrá en cuenta el análisis de las intencionalidades tanto manifiestas como latentes de las decisiones tomadas por el gobierno norteamericano en cuanto a su postura ante las revoluciones independentistas de las regiones sudamericanas, atendiendo especialmente a los ejemplos de las Doctrinas Monroe y Destino Manifiesto.

  Finalmente, buscaremos comprender las consecuencias sociales, políticas y económicas que marcaron diferencias entre ambas regiones y que ampliaron una brecha fundamentada sobre patrones de desigualdad que persisten hasta el día de hoy.

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Introducción

  Las relaciones interamericanas entre la América Inglesa e Hispanoamérica desde 1810 hasta 1830: de la sumisión española a la sumisión norteamericana

Palabras claves: América Inglesa – Hispanoamérica – Siglo XIX

  El siguiente informe forma parte del inicio de una investigación en desarrollo, sobre la relación entre Norteamérica e Hispanoamérica entre 1810 y 1830, y la influencia de la independencia de América del Norte en los procesos independentistas de la América Hispánica.

  Los antecedentes de esta relación se ubican a partir de la independencia norteamericana en 1776 que logró posicionar al Norte del continente como el ejemplo idealizado de libertad que necesitaban los países del Sur para iniciar sus procesos independentistas, sin quitar importancia a la influencia que ya se venía sembrando con las ideas de la Ilustración europea y la Revolución Francesa. Esta admiración será aprovechada por los Estados Unidos, que con intencionalidades tanto explícitas como implícitas, tomará una serie de decisiones durante las revoluciones independentistas que marcarán las pautas de un vínculo en relación de dependencia económica que perdurará hasta la actualidad.

  Para comprobar dicha afirmación procederemos con el análisis en profundidad de la Doctrina Monroe (1823), sintetizada en la frase «América para los americanos», que marcará un momento decisivo en la política exterior de los Estados Unidos. De esta forma buscaremos entender cómo esta postura desencadenó en un nuevo “pacto colonial” entre una futura superpotencia como Estados Unidos e Hispanoamérica, y el cual consistió en una relación dada entre una región fuertemente industrializada que utilizaría la economía como arma principal, sobre otra región que quedaría relegada al consumismo subalterno.

Desarrollo

Las diferencias entre el Norte y el Sur de América: la grieta que inició con la Colonia

  La marcada diferencia entre el Norte y el Sur de América tiene sus orígenes en las épocas de la Colonia. Mientras que en la América Anglosajona entró Inglaterra, transportando hacia el Nuevo Mundo colonos que llevaban una cosmovisión capitalista del mundo al estar atravesados por una incipiente y próspera revolución industrial, en la América Española la colonización estuvo directamente ligada a la evangelización, lo que con el paso del tiempo daría como resultado sociedades mucho más atrasadas. (Luis Maira Aguirre, 2006, p.38)      

En 1783 Francisco de Miranda reconocía las virtudes y las diferencias de Estados Unidos con nuestra región:

  “Es imposible concebir una asamblea más puramente democrática”, escribió Miranda en su diario al tener contacto con los primeros estadounidenses. «No puedo ponderar el contento y gusto que tuve al ver practicar el admirable sistema de la constitución británica», relató cuando asistió a la Corte de Justicia en Carolina del Sur, estado cuyo Gobierno despierta su admiración por ser «puramente democrático, como lo son todos los de los demás de Estados Unidos”. (Rangel, 1976, p. 52)

  Todo eso que ocurría en el norte, llegó a Hispanoamérica como otra influencia más en un contexto de intensos conflictos sociales con el domino español, de forma que se establecieron así las primeras relaciones entre ambos lados del continente.

  Consiguientemente, el  primer presidente George Washington, abogó en 1796 al finalizar su gobierno, por una política aislacionista que diera a EE.UU. las ventajas de no participar en los conflictos europeos, subrayando su potencialidad como nación y asegurando a sus habitantes que debían cuidar la ventaja de vivir en la sociedad mejor organizada de la tierra.

La influencia de la independencia de los Estados Unidos vista por Hispanoamérica

  La influencia de la independencia de los Estados Unidos en la América Hispánica durante los procesos de independencia no se dio de forma homogénea. Podemos considerar que dicha influencia dependerá en mayor o menor medida de las distancias geográficas entre los países en cuestión y los Estados Unidos. De esta manera, en la región del Río de la Plata, Chile y Bolivia la influencia del Norte fue muy restringida, siendo más predominante el influjo de Inglaterra, mientras que en países como Venezuela, Colombia y México, Estados Unidos jugará un papel mucho más importante. 

  Podemos ver por ejemplo, que en el Rio de la Plata solo se encontró una copia manuscrita de la Constitución Norteamericana  de 1787, aparentemente traducida por un comerciante inglés de Buenos Aires, lo que contrasta con Venezuela, donde la Constitución de 1811 establece un sistema federal como Estados Unidos, pero adecuada a sus necesidades sociales y al contexto local. En México también podemos ver la influencia del sistema federal norteamericano reflejada en la Constitución de 1824.

  Sin embargo, a pesar de las grandes similitudes mencionadas, y contrario a lo que se puede llegar a interpretar de ellas, los países de Hispanoamérica no anhelaban el modelo político de Norteamérica, sino que más bien admiraban su estabilidad social y económica, creyendo que una vez lograda la independencia y la instalación de gobiernos representativos lograrían  la prosperidad económica y el progreso logrado por los Estados Unidos.

  Para todos los movimientos independentistas de Hispanoamérica España era el atraso, mientras que la modernidad capitalista por la que se regían Norteamérica e Inglaterra encarnaba el verdadero progreso. Así, un sector de las oligarquías hispanoamericanas, quienes comandaron los procesos revolucionarios, buscaron librarse del imperio español para entrar en el imperio capitalista inglés y norteamericano, que les ofrecía un tren directo al libre comercio en el que los principales beneficiados, además de las grandes potencias, serían las élites criollas. 

  Así, por ejemplo, en los países correspondientes al Virreinato del Río de la Plata, las relaciones se establecerían principalmente con Inglaterra. Sin ir más lejos, el 25 de mayo de 1810, en el Río de la Plata habían anclado buques ingleses que festejaron la revolución a cañonazos, porque entrarían a suplantar el dominio español mediante la economía. Mientras que, los países como América Central y el Caribe, quedarían ligados directamente con el modelo económico de Estados Unidos mediante las fuertes políticas expositoras de estos últimos durante todo el siglo XIX.

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Participación de EEUU en la Independencia sudamericana: Doctrina Monroe

  Hasta 1810, la política del gobierno de Washington estuvo determinada por las relaciones que se mantenían con la metrópoli Europea, la que a su vez se encontraba bajo las guerras encarnadas en el marco de la Revolución Francesa. De este modo, siendo Norteamérica fiel a las políticas de Inglaterra, se abrigará hacia España cierto resentimiento que, indirectamente, será proyectado a las tierras y los habitantes del Sur.

  Asimismo, durante las revoluciones independentistas de Hispanoamérica, más precisamente desde 1815 hasta 1823, Norteamérica tomará una postura cautelosa sin reconocer a los gobiernos revolucionarios recién creado y limitándose a enviar agentes comerciales. Por su parte, los nuevos gobiernos no dejarán de pedir ayuda al Norte con armas, soldados y reconocimiento. De esta forma, las primeras relaciones directas entre ambas partes del continente se darán cuando Norteamérica establezca un Consulado en La Guaira, Venezuela; el Río de la Plata fue autorizado a comprar armas, y la Gran Colombia recibió cierta prestación técnica.

  Los Estados Unidos pudieron gracias a su influencia política y a su poderío económico, sentar las bases de su superioridad en el continente americano y de esta manera excluir a sus competidores comerciales de futuras incursiones en la política de la América Latina, el presidente James Monroe (1817-1825), envía su famoso mensaje al congreso, el 2 de diciembre de 1823, haciendo alusión a la Doctrina Monroe:

  “Por lo tanto, para las francas y amistosas relaciones existentes entre los Estados Unidos y esas potencias, debemos declarar que consideraremos cualquier intento de su parte de extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad. En las existentes colonias y dependencias de cualquier potencia europea no hemos intervenido ni intervendremos. Pero con los gobiernos que han declarado su independencia y la mantienen, esa independencia que nosotros tenemos en gran consideración y cuyos justos principios reconocemos, por parte de cualquier potencia europea, con el propósito de oprimirlos, o de dirigir de cualquier otra forma su destino, no podremos verla más que bajo la luz de una manifestación de hostilidad hacia los Estados Unidos” (Monroe, citado en Robertson,1969, p. 44).

  Las intenciones explicitas de esta doctrina que promulgaba “una América para los americanos”, fueron bien recibidas por América Latina, de forma que recuperaron la preferencia de las repúblicas del Sur y, a su vez, resurgió en Latinoamérica la admiración idealista por el sistema norteamericano. 

  Al mismo tiempo que Estados Unidos se ocupaba de su crecimiento industrial y comercial impulsando el desarrollo de una gran potencia que irradiaba el atractivo de los países del Sur del continente, estos últimos estaban invadidos por un contexto caótico donde gobernaba la anarquía y las guerras civiles, por lo que quedaron vulnerables a las futuras políticas expansionistas de Norteamérica.

  Teniendo en cuenta las intenciones implícitas del discurso analizado, podemos afirmar que la Doctrina Monroe se interpreta como el derecho de los Estados Unidos a intervenir en Hispanoamérica, de forma que se impedía la intromisión de Europa en el Nuevo Mundo y ellos se reservarían el monopolio.

Los países latinoamericanos independientes y sus primeras relaciones con los Estados Unidos

  Al iniciarse la tercera década del siglo XIX, todas las colonias hispanoamericanas, con excepción de Cuba y Puerto Rico, habían logrado su independencia. Desde entonces, y como mencionamos anteriormente, en el Sur del continente los países siguieron el ejemplo de Estados Unidos y adoptaron un modelo político republicano y federal, y, por sobre todo, intensificaron el comercio exterior con el Norte al estar exentos de las trabas fiscales que imponía España.

  Las luchas por el poder y el gobierno en Hispanoamérica durante los primeros años de la independencia volvieron a sumir a los pueblos en el caos, ya que la organización de las nuevas repúblicas seguía basada en el antiguo régimen colonial. Esta desorganización interna despertó las ambiciones de potencias europeas como Francia y Gran Bretaña que funcionaron como prestamistas de los estados latinoamericanos, dando origen así a los primeros antecedentes de deudas externas del sur del continente. Por su parte, los Estados Unidos de América, vieron en esta situación las pautas de una nueva forma de imperialismo y no se quisieron quedar atrás.

  Estas potencias, incluida Norteamérica, se encontraban en su auge de expansión comercial y en plena revolución industrial, contexto en el que los estados latinoamericanos se convirtieron en el objetivo principal de su política exterior. Desde entonces, los Estados Unidos dejarán de limitarse al símbolo de libertad idealizado de los latinoamericanos para tratar de abrir una fase expansionista que tendrá lugar en la segunda mitad del siglo XIX y que estará destinada a ocupar el lugar comercial que tenían para aquel entonces Inglaterra y Francia.

  Sin embargo, los países del sur no abrirán las puertas de su economía tan fácilmente. Tal es así que tres años después del mensaje de Monroe, Bolívar convocaba a un Congreso en Panamá para consolidar el triunfo sobre España haciendo imposible cualquier intento de reconquista y para acabar llevando la independencia a las Antillas. Para entonces ya se desconfiaba de los planes expansionistas de Estados Unidos. Sin embargo, el vicepresidente de Colombia Francisco de Paula Santander, creyó oportuno invitar a los vecinos del Norte, siempre y cuando se mantuviera el principio monroísta de no colonización.

  El Congreso de Panamá demostró en un inicio el empeño de Hispanoamérica por hacer frente a muchas debilidades y atajar el creciente, poderío e intervencionismo del vecino norteño. A pesar de esto, muchos de los gobiernos latinoamericanos ya estaban inmersos en las políticas de libre comercio de Gran Bretaña y sumidos en deudas externas hacia Europa, que serían vistas por Estados Unidos como la oportunidad necesaria para consolidarse como una potencia continental. 

  El hecho de que en los Estados Unidos de América ya estuviera instalada la cultura de la Revolución Industrial, y que a su vez en Hispanoamérica las clases dominantes locales no invertían en la transformación o la fabricación local de productos destinados al mercado interior por considerar que la adopción del libre comercio no constituía una amenaza para sus intereses, dio lugar a un modelo económico en el que los países del Sur se verán anclados al rol de consumidores subalternos exportadores de materia prima. Y, como corolario, el hecho de aceptar la importación libre de productos manufacturados provenientes del Norte, condenaba a esos países a la incapacidad para dotarse de un verdadero tejido industrial. 

  En cierta forma, la combinación del endeudamiento externo y del libre comercio constituyeron los factores fundamentales del origen del subdesarrollo de América Latina. Por supuesto, ligado a la estructura social de los países latinoamericanos. Las clases dominantes locales, y especialmente la «burguesía compradora», decidieron ese camino a favor de sus propios intereses.

Conclusión

  En sintonía con José Carlos Mariategui, podemos considerar que las “revoluciones” de América Latina no lo fueron en el sentido de cambiar el orden social imperante. Lo que cambiaron fue la burocracia española, a la que echaron para que las élites criollas gobernaran esos territorios y tomaran las riendas del destino hispanoamericano.

  El problema principal radicó en que gran parte de las oligarquías que gobernaron los nuevos estados pensaron solamente en su propio bienestar y se entregaron al libre comercio con las grandes potencias industriales del momento: Inglaterra, Francia y Norteamérica.

  En el caso de Estados Unidos de América, este supo aprovechar el caos imperante en el Sur del continente, la imagen idolatrada que los hispanoamericanos sedientos de libertad tenían del Norte tras haber logrado su independencia en 1776, y las relaciones que se pudieron establecer durante las guerras independentistas conforme ellos pudieran sacar provecho de la situación.

  De esta manera, la Doctrina Monroe se usó para impedir explícitamente el intervencionismo de europeo, pero implícitamente fue el mensaje que necesitaba Norteamérica para justificar su propio intervencionismo en el Sur de continente. Injusta y unilateral, esta doctrina permitió que los Estados Unidos se mostraran como los protectores de toda América, sin evidenciar una relación directa entre la hegemonía y las nuevas estrategias tanto políticas y económica mediante las cuales desarrollarían su imperialismo en todo el continente a los largo del siglo XIX.

  Para finalizar, podemos afirmar que factores como la desorganización de los incipientes estados latinoamericanos en la que cada bando tiraba para el lado de la conveniencia propia; el hecho de otorgar el control de los países del Sur a las grandes potencias imperialistas como lo fue Inglaterra en un inicio y Estados Unidos posteriormente, mediante la vinculación con deudas y préstamos externos; y aceptar el rol relegado de América Latina como potencial consumidor subalterno de los países industrializados; fueron relegando la independencia y la soberanía de los pueblos latinoamericanos, que cegados por el discurso capitalista del “progreso”, la “civilización” y el “desarrollo” aceptaron vender las riquezas de sus tierras y la libertad de sus pueblos para quedar relegados a la sumisión y el subdesarrollo.

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