Mary Casaatt, la pintora olvidada y figura clave del Impresionismo

Pintura
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Mary Cassatt fue la pintora de mujeres cotidianas, y una de las máximas responsables de introducir el movimiento pictórico en Estados Unidos. Hay una supuesta discrepancia entre la vida de Mary Cassatt, la pintora estadounidense que vivió 60 años en Francia como una mujer soltera, sin descendencia y plenamente independiente, y las temáticas que habitualmente escogía para sus cuadros, delicadas mayorente al amor materno-filial que, desde el punto de vista actual, pudieran parecer remilgadas e incluso algo conservadoras.

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Mary Cassatt, “Niñita en un sillón azul” (1878)

Hija de un banquero que se enriqueció con el comercio de algodón, Cassatt (Pittsburgh, 1844- París, 1926) creció en una familia de origen francés, que idolatraba la patria de sus ancestros.

 
Por eso, tras estudiar en la Academia de Bellas Artes de Filadelfia, la más ilustre de Estados Unidos, se marchó a París con la voluntad de escapar al destino de vulgar acuarelista que se solía reservar a las mujeres artistas. Y con la intención secreta de integrarse en el círculo impresionista, que entonces empezaba a hacer estragos.

 
“Terminó siendo una de las cuatro pintoras aceptadas por los impresionistas, junto con Berthe Morisot, Eva Gonzalès y Marie Bracquemond”, recuerda el conservador jefe del museo, Pierre Curie.

 
Compartiría con la escuela francesa el mismo sentido de la luz y del color, además de un idéntico interés por “un naturalismo alusivo, que no era mimético como podía serlo el academicismo”, según Curie.

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Mary Cassatt, “Mujer con abanico” (c. 1878-1879)
 

Cassatt dejó de lado los temas habituales del movimiento y optó por reflejar la vida cotidiana de las mujeres corrientes a finales del siglo XIX. Se alejó de las figuras femeninas clásicas de la pintura religiosa, pero también de la inclinación de los impresionistas por prostitutas y demi-mondaines.

Lo que parecía decir Cassatt con sus lienzos era que las madres de familia inscritas en el antepasado de la clase media también tenían derecho a protagonizar sus propios cuadros. Tal vez fuera eso lo que disgustó a la sociedad biempensante en su país natal.

En 1895, cuando presentó una de sus obras, El baño, la crítica se estremeció y lo llamó “crudo”, “brutal” y “poco armonioso”.

Cuesta entender qué escándalo pudo provocar un cuadro que representaba a una mujer aseando a su hija. Hasta que se observa que esta última aparece semidesnuda, lo que se oponía frontalmente a las decorosas leyes del academicismo victoriano. Su protagonista era, además, una mujer respetable que se ocupaba de una tarea propia del personal doméstico.

Pese a todo, Cassatt también tuvo sus admiradores. En especial, en su patria adoptiva. Pese a su pesimismo decadentista, Huysmans vio muchas calidades en su obra. “Desprende lo que ninguno de nuestros pintores sabría expresar: la feliz quietud, la bonhomía tranquila de un interior”, dejó escrito.

Pero su mayor defensor siempre fue Edgar Degas, gracias a quien terminó integrándose en el grupo impresionista en 1877. La descubrió tres años antes, frente a una pintura histórica de su primera etapa expuesta en el Salón Oficial. “Por fin alguien que siente como yo”, habría dicho delante del lienzo. Dos años después, tras entablar amistad, la retrató jugando a cartas, dura como un tahúr y en una postura tirando a masculina. Cassatt siempre aborreció ese retrato.

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Mary Cassatt, “Paseo en barca” (1893-1894)

Fuente: Axel Vicente / Cultura Inquieta.

 

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